Para entender esta historia no hace falta ser especialista en petróleo ni en geopolítica. Basta mirar el mapa. En el este de Arabia Saudita, junto al Golfo Pérsico, se concentran grandes instalaciones petroleras. Para salir por mar desde esa región, los buques deben atravesar el Estrecho de Ormuz, entre Irán y Omán: uno de los pasos energéticos más sensibles del mundo.
Arabia Saudita dispone, sin embargo, de una alternativa terrestre ya construida. El East–West Pipeline, también conocido como Petroline, llevando el crudo desde la zona de Abqaiq, en el este, hasta Yanbu, en el Mar Rojo. La U.S. Energy Information Administration (EIA) sitúa su capacidad en unos 5 millones de barriles diarios, ampliable temporalmente a aproximadamente 7 millones. La propia EIA señala que esta infraestructura permite a Arabia Saudita evitar el paso tanto por Ormuz como por el Bab el-Mandeb para determinados flujos de exportación.
En septiembre de 2026, la importancia de esa redundancia se hizo especialmente visible. El estrecho de Ormuz permanece efectivamente cerrado desde marzo, en el contexto de la guerra que enfrenta Irán con Israel y los Estados Unidos. Al otro extremo del mapa, Bab el-Mandeb —entre Yemen y el Cuerno de África— vuelve a estar bajo fuerte presión: los hutíes de Yemen han avanzado por la costa del Mar Ro hacia posiciones próximas al estrecho, mientras continúan los ataques que afectan la seguridad marítima y energética.
Pero la tierra tampoco es invulnerable. Este mismo mes, el 10 y 11 de septiembre, un ataque con varios drones desde Irak perpetrados por milicias proiraníes, alcanzaron el oleoducto y obligaron a cerrar temporalmente el East–West Pipeline saudí. La lección es sencilla: la seguridad energética no depende únicamente de disponer de petróleo, sino también de disponer de varias rutas para transportarlo.
Aquí comienza la segunda parte de la historia. Los Acuerdos de Abraham surgieron el 15 de septiembre de 2020 como un proceso de normalización entre Israel y varios países árabes, con mediación de Estados Unidos. Emiratos Árabes Unidos y Bahréin formalizaron relaciones con Israel; Marruecos siguió el mismo camino. Sudán firmó la Declaración de los Acuerdos de Abraham, aunque la implementación posterior de su normalización quedó limitada.
Kazajstán es el primer país asiático que se sumó a los Acuerdos de Abraham, anunciándolo en noviembre 2025. Su incorporación tuvo un significado principalmente estratégico y político, ya que mantenía relaciones diplomáticas con Israel desde 1992.
El nombre no es casual. Hace referencia al patriarca Abraham, figura fundamental de la tradición compartida por judaísmo, cristianismo e islam. El propio tratado entre Israel y Emiratos Árabes Unidos habla de árabes y judíos como descendientes de un ancestro común, Abraham, y vincula esa referencia con la convivencia entre musulmanes, judíos, cristianos y personas de otras creencias.
Arabia Saudita no forma parte actualmente de los Acuerdos de Abraham. Su importancia en esta historia proviene de una combinación excepcional: peso político regional, condición de gran productor petrolero, territorio entre el Golfo Pérsico y el Mar Rojo y una infraestructura que ya cruza el país de este a oeste.
Una eventual normalización saudí-israelí podría, por tanto, tener consecuencias que irían más allá de embajadas, vuelos o relaciones comerciales. Podría crear un marco político para discutir nuevas conexiones terrestres de energía y transporte. Pero conviene separar rigurosamente los hechos de las posibilidades: los Acuerdos de Abraham no incluyen ningún oleoducto entre Arabia Saudita e Israel, y una futura normalización tampoco significaría automáticamente que ese proyecto fuera construido.
Lo que cambiaría sería el contexto político. Y entonces la geografía empezaría a hablar con mucha más fuerza.
Israel ya posee la infraestructura que conecta el puerto de Eilat, en el Mar Rojo con el puerto de Ashkelon, en el Mediterráneo. EAPC (Europe Asia Pipeline Company), empresa estatal israelí, explica que la existencia de un estrecho “puente terrestre” entre ambos mares llevó al desarrollo de este corredor, destinado al transporte de crudo desde las zonas productoras del Golfo Pérsico hacia los mercados europeos. Su principal arteria es el oleoducto Eilat-Ashkelon.
El oleoducto mide 254 kilómetros de longitud y 42 pulgadas de diámetro y opera de forma bidireccional. EAPC informa, además, de una capacidad total de almacenamiento de 3.7 millones de metros cúbicos para crudo y productos petroleros en sus terminales. Es decir, no estamos hablando solamente de una tubería, sino de un sistema logístico-energético.
Por tanto, el concepto Golfo–Israel–Mediterráneo–Europa no nace en 2026: forma parte de la lógica histórica del corredor Eilat–Ashkelon.
Lo nuevo —y todavía hipotético— sería conectarlo directamente con Arabia Saudita.
En julio de 2026, el ministro israelí de Energía, Eli Cohen, planteó públicamente una nueva tubería de aproximadamente 700 kilómetros desde Arabia Saudita hasta Eilat. Desde allí, el crudo podría utilizar la infraestructura existente Eilat–Ashkelon y alcanzar el Mediterráneo. La propuesta no equivale a un proyecto aprobado: la conexión Arabia Saudita–Eilat no está construida ni, hasta la fecha, aprobada.
¿Qué aportaría? Una vía terrestre adicional hacia el Mediterráneo, con menor exposición a dos corredores marítimos hoy afectados por conflictos: Ormuz y Bab el-Mandeb. Sin embargo, no sería la única alternativa para reducir la dependencia de esos puntos críticos. La infraestructura saudí existente hacia Yanbu ya permite transportar petróleo desde el este del país hasta el Mar Rojo. Desde allí, los cargamentos pueden continuar por vía marítima hacia el Canal de Suez, en Egipto, y, a través de este, llegar al Mediterráneo. Una eventual conexión con Eilat no sustituiría esa opción, pero añadiría redundancia a un sistema energético sometido a crecientes riesgos geopolíticos y de seguridad.
Así aparece la verdadera pregunta del artículo: ¿podría una futura normalización entre Arabia Saudita e Israel convertir dos infraestructuras ya existentes —el corredor saudí Este–Oeste y el “Land Bridge” israelí— en partes de una arquitectura energética regional más amplia?
La geografía abre una posibilidad. Convertirlo en realidad dependería de la
política, la seguridad, la ingeniería y la economía.
Quizás algún día seamos testigos de cómo la GEOGRAFIA
• EIA, Saudi Arabia Country Analysis — East–West Pipeline, capacidad y rutas alternativas a Ormuz/Bab el-Mandeb.
• EAPC, Company Profile; Pipelines; Med Red Med — Eilat–Ashkelon, 254 km, 42”, bidireccional, almacenamiento y “land bridge”.
• U.S. State Department / White House archive, Abraham Accords Declaration y tratado Israel–UAE (2020); Reuters, 7 julio y 10–16 septiembre 2026 — propuesta Saudi–Eilat y contexto de Ormuz, Bab el-Mandeb, hutíes e infraestructura saudí.
Fuente: En Segundos
