La tragedia de Esmeralda Moronta no solo deja dolor, rabia y dos niños huérfanos. También deja una pregunta incómoda que muchos prefieren evitar: ¿de qué sirve denunciar si el Estado no protege?
Esmeralda hizo lo que las autoridades siempre recomiendan. Fue a la Fiscalía. Buscó ayuda. Alertó que temía por su vida. Denunció el acoso y el hostigamiento de su expareja. Pero nada pasó. O peor aún: pasó demasiado tarde. Horas después de acudir a poner la querella, fue perseguida y asesinada a tiros dentro de un colmado en Alma Rosa.
Mientras tanto, como sociedad seguimos distraídos.
Distraídos en las redes sociales, en las discusiones políticas, en los chismes virales y en las tendencias del momento, mientras cientos de mujeres viven aterradas, esperando que una denuncia realmente sirva para algo. El caso de Esmeralda vuelve a demostrar que muchas veces el sistema actúa cuando ya no hay nada que salvar.
Porque cada feminicidio donde existió una denuncia previa manda un mensaje devastador a otras víctimas: “ni siquiera denunciando te protegen”. Ese miedo puede provocar que muchas mujeres decidan callar, quedarse atrapadas en relaciones violentas o no acudir nunca a las autoridades por temor a terminar igual.
La realidad es dura: el Estado dominicano parece seguir reaccionando después de la tragedia, no antes. Se habla de protocolos, de unidades de género, de protección y seguimiento, pero los hechos siguen evidenciando enormes fallas. En este caso, familiares y allegados aseguran que Esmeralda había advertido el peligro que corría y que incluso el agresor la seguía y vigilaba constantemente.
Entonces, la pregunta cae sola: ¿qué más tenía que pasar para que actuaran?
No basta con recibir denuncias y llenar formularios. No basta con tomar declaraciones si no existe una respuesta rápida, vigilancia efectiva y mecanismos reales de protección para mujeres en alto riesgo. Porque cuando una víctima llega aterrada a una fiscalía diciendo que teme por su vida, no puede ser tratada como un caso más dentro de una pila de expedientes.
Cada feminicidio anunciado representa también un fracaso institucional.
Y mientras eso ocurre, el país sigue normalizando el horror. Hoy es Esmeralda. Mañana podría ser otra mujer que también pidió ayuda y nunca recibió la protección que necesitaba.
Lo más triste es que muchas veces las autoridades parecen sorprenderse después del crimen, aun cuando las señales estaban ahí desde el principio.
Y en esa distracción colectiva, las víctimas siguen quedando solas.
Fuente: En Segundos
